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Creemos en Dios, en la existencia del bien y del
mal. Los activistas contra la religión nos acusan de
favorecer el infantilismo, de introducir falsedades,
fábulas y cuentos; de alienar al hombre; de fomentar
actitudes fanáticas y prácticas intolerantes; de ser
antagónica a la ciencia; de frustrar el desarrollo humano.
El objetivo de la polémica antirreligiosa de los
últimos tiempos es doble. Con respecto a las personas
concretas, se introduce la sospecha de que la religión
genera individuos subdesarrollados, de escasa cultura,
de espíritu débil o enfermizo, de mentalidad infantil,
miedosa o poco crítica. En la esfera social se facilita
la aversión, el escepticismo y el escarnio.
Denunciar sin miedo las campañas en contra de la
religión es un paso necesario para conseguir una auténtica
libertad religiosa y para proteger la esperanza de las
personas y de los pueblos. La historia de los últimos
siglos muestra que cuando se busca el eclipse de Dios
en la conciencia humana se provoca otro eclipse mayor
en el propio ser humano y su dignidad.
La reciente exhortación apostólica de Juan Pablo
II sobre la Iglesia en Europa, invita a reflexionar
sobre las consecuencias personales y sociales del ataque
contra la religión. De una manera sintética expresa
cómo el intento de hacer prevalecer una visión del hombre
y de la vida sin Dios y sin Cristo ha introducido en
la sociedad europea una pérdida de la esperanza. Poner
al hombre en el centro absoluto de la realidad, haciéndolo
ocupar falsamente el lugar de Dios, no lo enaltece ni
lo engrandece, sino que lo deja solo y abandonado a
su debilidad y a su pobreza.
El oscurecimiento de la esperanza que produce el
laicismo antirreligioso se sufre en la vida de las personas
y de los pueblos. La pérdida de la memoria y de la herencia
cristiana, el agnosticismo práctico y la indiferencia
religiosa lleva a que muchos europeos vivan perdiendo
la esfera espiritual que tan esencial e inherente es
al hombre.
Lejos de renovar el humanismo, el laicismo ha fomentado
un clima de desorientación, inseguridad y desilusión
que acompaña a gran parte de nuestros contemporáneos.
Su expresión más dramática es el miedo a afrontar el
futuro, del que se siente más temor que deseo. Prueba
de ello es la angustia existencial que se encuentra
detrás del claro descenso de la natalidad, del rechazo
a la toma de decisiones definitivas en la vida, de la
incomprensión hacia el matrimonio establecido "para
siempre".
Olvidar a Dios genera un individualismo egoísta donde
los demás seres humanos son vistos como simples objetos
para usar en nuestro propio beneficio. Es un grave error
que han propiciado los sistemas económicos orientados
hacia el lucro personal como única meta. La gangrena
del individualismo produce un decaimiento creciente
de la solidaridad interpersonal.
Tener a Dios en el horizonte ayuda a la salud de
los pueblos. Sin Dios, la esperanza de las personas
y de los pueblos se oscurece, y la tristeza y el egoísmo
se apoderan del corazón humano. La alegría de vivir
con Dios, conscientes de ser queridos y amados por él,
la paz espiritual que genera estar reconciliados con
Dios y con todos los hombres son bienes inmateriales
que no pueden ser olvidados. El reconocimiento social
de la religión y su presencia adecuada en la escuela
son una decidida apuesta por recuperar la verdadera
esperanza.
Con mi bendición y afecto,
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